Transcurría una tarde de otoño. Una de esas tardes aburridas de fin de semana, cuando uno no sabe si dormir, leer, ver la tele u hojear la propaganda del Carrefour. La mente queda dispersa, no puede concentrarse en el ocio y olvida que tiene que poner una lavadora y tirar las cartas absurdas del banco.
Suena el telefonillo, lo descuelgo como habitualmente, e intuyo la presencia del «cartero comercial». Efectivamente intuyo bien. Cualquier día le dan la franquicia del servicio de recogida de cartas de los Reyes Magos….
Llaman a la puerta y quedo extrañado. No es normal que la publicidad llegue hasta allí. Habitualmente queda estéticamente doblada en cuarenta y dos buzones que tiene el portal; parecen flechas de papel multicolor incrustadas en esas «bocas tragahojas». Observo por la mirilla y abro la puerta.
-Buenas tardes, ¿es usted el señor Miguel Oca?
-Sí, soy yo. ¿Por qué no ha dejado la publicidad en el buzón como habitualmente?.
-En realidad no vengo a traerle ningún tipo de publicidad…
-Entonces ¿qué desea?.
-Bueno, permítame antes que me presente, mi nombre es Ubi Sunt.
-Encantado-dijo sorprendido por la extrañeza del nombre- de conocerle.
-Tiene usted que saber que soy un emisario del Ministerio. Es usted el primero al que aplicaremos el Plan de Caducidad. Disponemos en nuestras bases de datos de información valiosísima y la pondremos en conocimiento de usted.
Pensé que estaríamos en algunas de esas campañas o estudios sociológicos con los que el Estado se distrae para conocerse mejor.
-De acuerdo, dígame esa información. Seguro que me es de utilidad. Pase y siéntese cómodo.
-Estupendo, muy bien. Tiene que saber que voy a darle información sobre el momento de su muerte.
-¿Cómo?,¿a qué se refiere exactamente?.
Inicialmente pensé que había sido agraciado con una pirámide de treinta metros, con su cámara del faraón incorporada, en la que reposaría por los siglos de los siglos.
-Pues sí, un dato del momento de su muerte. Lo tendrá que elegir usted. Decida si quiere conocer el año, el mes o el día de la semana en que va a morir.
-Pero, pero… ¿me está usted tomando el pelo?.
-Déjeme que se lo explique. Disponemos, de todos los nacidos, la información exacta de su muerte. Todo está controlado y conocido. El Plan de Caducidad ofrecerá parte de esa información a los vivientes.
-¿Cómo es posible?, sólo Dios conoce cuál es el momento de nuestra muerte y, por tanto, de nuestra existencia…
-Sí, hasta ahora era así, era el mejor mecanismo de camuflarlo. Inventamos muchas Religiones y conseguimos, de esa forma, dejar indefinida la existencia. Convivir con la incertidumbre. Además, después tendríamos el Premio de La Vida Eterna, ¿qué más podemos pedir?.
-Pero, ¡es imposible!, yo soy creyente, creo en Dios, tengo mi Fe inquebrantable…
-Bueno, respeto totalmente sus creencias, pertenecen al ámbito privado de cada persona; pero mi obligación es informarle y cumplir con la misión que me han encomendado. De todas formas debe saber, que si no elige usted el dato, le daré el que mejor me plazca.
Aunque no le daba ningún crédito, me tomé lo que me proponía como si fuera un juego. Incluso me puse en el papel o escenario de esa comedia.
Tenía que decidir un dato, un momento en el tiempo….
Si elegía el año en que debía morir, me colocaba en un momento demasiado “finito”. Podrían ser trescientos sesenta y cinco días de auténtica pesadilla, observando y analizando todo, en cada instante y en cada lugar.
En cambio, si elegía conocer el mes, me permitiría respirar tranquilo durante gran parte del año, pero en el mes en cuestión, viviría treinta días de auténtico infierno.
Sólo me quedaba la opción del día de la semana. Pensé que, con un poco de suerte, viviría muchos “Lunes” y que me olvidaría de tener consciencia del “tiempo mortal”.
Me metí en el papel e informé de mi decisión.
-Oiga, ya lo he decidido, prefiero saber el día de la semana en que quiero morir. Si no es mucha molestia, me gustaría que fuera Lunes.
-De acuerdo, no hay problema en ese sentido. En su caso y al ser el primero, lo reprogramaremos a Lunes. Piense, si quiere, que es el Dios en el que usted cree quién decidirá en qué Lunes, de cuantos viva, dejará de existir.
-Muy bien, supongo que eso es todo, ¿no?.
-Sí, por mi parte, he terminado.
Le cerré la puerta y, posteriormente, me senté en el sofá del salón.
Abrí una cerveza y empecé a darle vueltas en cómo se toma consciencia de un dato tan exacto del momento de la muerte. Conocía a personas cercanas que habían padecido enfermedades terminales y que, más o menos, conocían cuántos meses le quedaban de vida, pero ésto era diferente.
Inconscientemente, lo que tomé como un juego empezó a generarme cierta psicosis. No podía abstraerme del todo de lo que consideraba una comedia.
Todos y cada uno de los Lunes que me quedaran por vivir serían como escuchar campanas en la oscuridad. Tendría que superar la angustia del presente “Lunes” para pasar a la angustia del próximo futuro, del próximo “Lunes”. Sería algo matemático, programado, nada que ver con la incertidumbre de un enfermo terminal; cuya esperanza es constante por arañar, minuto a minuto, la vida que queda y donde aflora el instinto de supervivencia, más primitivo, que cada uno llevamos dentro.
Finalmente, esa psicosis se apoderó de mí.
Me dije, bueno…¡tengo treinta años!, puedo tener mucha vida por delante, e incluso llegar a los ochenta o noventa años, hasta que llegue mi “Lunes”.
Reconozco que los primeros “Lunes” me causaron cierta angustia. Mi primer impulso fue pensar en hacer cosas que siempre hubiera querido hacer antes de morir. Evidentemente, cada “Lunes” no podía dar la vuelta al mundo….
Finalmente opté por la rutina, ir al trabajo, al gimnasio, a pasear…No podía evitar mirar de reojo en determinado momento..al cruzar la calle o analizar a la gente sentada en la parada del autobús. Pensaba en si podía ser atropellado o apuñalado…..sabía sólo una parte del “cuándo” pero no el “cómo”, ni el “por qué”, ni el “dónde”…
Así transcurrieron los años,…Cincuenta o cincuenta y dos “Lunes” al año, uno tras otro,….
Cada uno de esos días cargaba con esa pesada losa….. ese pensamiento constante, que no puede relegarse, y que permanece siempre presente.
Cuando cumplí los ochenta pensé que me podía haber ahorrado todo este tormento….Ahora tenía más cerca el fin (me dije) y casi cualquier día podía llegar mi hora. Ya no me importaba.
Pasó algo más de tiempo… Cada vez conocía a menos seres queridos que continuaran vivos….Me sorprendió mi longevidad cuando cumplí los cien años.
Poco a poco, pasé de vivir como un “angustiado mortal conocedor de algo de su muerte” a parecerme a un “angustiado inmortal que conocía algo de su muerte y no le importaba lo más mínimo”.
Se transformó mi existencia a un estado peor del que había vivido anteriormente. Deseando morir en cada instante…
Ahora tengo doscientos doce años, me arrepiento de no haber elegido, en su momento, conocer el año de mi muerte…..al menos sabría si todo tiene fin (o no)….y mi Dios sigue comunicando…
23-VII-2009
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