Marlene se encontraba algo cansada en el sofá. Embaucada por la desidia demoledora que te impide levantarte hasta por un vaso de agua. Sus amigas, consiguieron sacarla de su casa para dar una vuelta por la verbena del pueblo. Su mente, no obstante, permanecía en las cuatro paredes del salón de su casa y en las decenas de libros que iba devorando lenta pero incansablemente.
Casi no recordaba la última vez que pisaba ese albero, deslumbrada por el neón y distorsionada por la música del momento a toda pastilla. Siempre le llamó la atención cómo la música y los decibelios se entremezclaban unos con otros creando sinfonías estridentes e irreconocibles.
Sus amigas disfrutaban cada minuto del recorrido, parecían haber perdido veinte años en sólo quince minutos. Era como salir de una máquina del tiempo….
Carmen -su amiga del alma- le compró un boleto para la tómbola, como tantas otras veces habían hecho en su adolescencia. Todavía recordaba los primeros cinco duros que gastaron cuando tenían once años. Pensó en lo mucho que les unía el compartir ese momento y cómo perduraba con el tiempo…
Durante toda su vida, Marlene no había tenido suerte con los juegos de azar. Había participado en múltiples rifas, sorteos de microondas que venían en cajas de cereales…Nunca había celebrado uno de esos pequeños triunfos. Realmente nunca le preocupó demasiado, su pasado y presente era lo bastante insulso para que el rechazo del azar le preocupara.
Cuando cantaron el 54, ni siquiera pensó que mereciera la pena festejarlo. Pensó en regalarlo a las primeras de cambio en cuanto tuviese oportunidad. Al recoger el obsequio, le comentó el feriante en voz baja…»Ésta es la magic-box. Es la primera y única vez que sorteamos este objeto. Lleva guardado bastantes años dentro de la furgoneta, pero hoy ha salido el número que permite sacarlo…Debe tener en cuenta que debe seguir sus instrucciones día tras día. Es lo único que sé de este objeto».
Por la forma, Marlene pensaba que se trataba de un despertador digital; de esos cuyo display en color verde tienes que taparlo con un libro para evitar su resplandor en la noche.
Los siguientes días Marlene pasó el tiempo, como habitualmente, leyendo casi sin parar libros y libros de todo tipo para mantener la mente ocupada. Una mañana, medio dormida y mientras caminaba por el pasillo, se topó con la caja tras una silla. La abrió con más sueño que curiosidad y se llevó las instrucciones al baño. Comenzó a leerla, y poco a poco su cara empezó a tomar un gesto de sorpresa.
«Ha tenido la suerte, aunque no sabemos si buena o mala, de ser propietario de la magic-box. Este producto ejerce un dominio absoluto sobre su estado de ánimo. Cada mañana, y día tras día, se le informará puntualmente sobre el mismo. Debe saber que es inútil que lo desconecte o que duerma alejado del aparato. La consigna diaria le llegará de una u otra forma; por tanto es preferible recibirla a la misma hora y en su hogar. Lo agradecerá.»
Al salir del baño, fue en busca del aparato, lo colocó en la mesita de noche y lo enchufó. Por inercia, esperaba encontrarse algo a lo que poner en hora, pero nada le sorprendió de lo que vió. Ni parecía, una lámpara ni un despertador. Simplemente era un objeto rectangular con textura áspera y un cable para conectarlo a la corriente. No perdió más tiempo y se apresuró a coger la manta y buscar el sofá donde invertir, de nuevo, en la lectura.
A la mañana siguiente, escuchó la siguiente voz -con cierto eco- que decía: «Bienvenida al día de la melancolía».»¡Pues vaya descubrimiento!» pensó. Llevaba demasiado tiempo en ese estado como para darle doscientas cuarenta definiciones distintas, tantas como cada uno de los días transcurrido desde la fuga de Jean-Marie.
Marlene, vivía la pérdida, de su «más amado que antes», como la fuga de una prisión de sentimientos. Como alguien que se liberaba de una condena de la que sólo ella podría tener clemencia. Querría haber tenido la opción de haberlo compartido al menos en tercer grado penitenciario. No tuvo esa posibilidad, pero en lo más profundo pensaba que Jean-Marie era uno entre un millón, que ninguna otra persona, en ésta u otras vidas vividas, podría hacerle sentir ese amor tan intenso, tan penetrante, tan tatuado.
Sólo los libros hacían de tabla de salvación en ese Titanic de sentimientos con músicas de violines en el naufragio.
Pasó un tiempo sin que nada cambiara. Un buen día, algo no le encajaba; escuchó «Bienvenida al día de la sonrisa». Nunca pensó oir aquello. Sólo sintió que, al levantarse y mirarse al espejo, sus comisuras tenían una ligera curvatura inclinada hacia arriba y veía sonreir sus ojos. Una joker pero con ojeras, salida de la trastienda de Hollywood. Esa sensación era como la epidural pero de cuello para arriba, una balsa flotante, ridícula e incomprensible.
Realmente, lo peor estaba por llegar. El día de «Bienvenida al día de la felicidad» apareció; y con ella la inflexión. Siempre deseó que llegara, sobre todo después de haberlo pasado tan mal, tan hundida, tan mundana. Día tras día, lo fue saboreando, viendo color en la (su) vida, en las gentes, en su razón de ser y de estar. Poco a poco ese estado tan duradero, placentero, en contraposición con el entorno que le rodeaba, le comenzó a chirriar. Vivía la perfección dentro de la burbuja de la imperfección….
Su vida dejó de carecer de contrastes. Veía el colorido de estados de ánimos de la gente que le rodeaba; percibía también cómo sus amigas, familiares, conocidos superaban las dificultades, las caídas…paseaban por el camino de las penas a las alegrías con la piel llena de postillas. Añoraba esa mezcla de sabores que ya no vivía. Cualquier acontecimiento no le perturbaba su felicidad, y sólo podía observar desde la barrera lo que ella no sentía….
Vivir y no sentir; querer sentirse «cambiando»; algo que le recordara el equilibrio inestable….Purificarse, alguna vez, en el llanto.
Echó de menos, hasta su muerte, que en el sorteo de aquel día le hubiera tocado un despertador….pero de esos que sólo dan la hora….y que el tiempo sea lo único a conocer (y obedecer).
16-V-2010
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