6:45 de la mañana, vagón 6 del tren que me llevará raudo a una reunión de trabajo al otro lado del mapa, dejando en pañales a aquellos viajeros románticos del XIX, que recorrían España de posada en posada, de aldea en aldea, sorteando el asalto de los paisanos. Ahora no se huele ni siquiera la tierra por la que pasas, como para sentir a las personas…
Me quedo en mi asiento, pegado a la ventana, una vez que coloco doblado y bien plegado, mi abrigo y portátil. Aunque intento cerrar los ojos y continuar el sueño de hace tan sólo 40 minutos, me fijo a mi derecha en un señor de unos cincuenta y tontos (perdón cincuenta y tantos, que ya comienzo con los prejuicios). Enfundado en su traje de raya diplomática, desprendiendo olor a Farenheit nº32 con un radio de alcance de tres filas de asientos (al menos), ni siquiera pestañea concentrado en un dossier, lleno de gráficas de barras, cifras y balanced-scorecard…

Me pregunto si será feliz….., si no pasará 4 días a la semana visitando clientes y durmiendo en «NHs» con desayuno continental. Me pregunto si se jugará el pellejo cada trimestre con el cumplimiento del presupuesto, del margen de ventas y ese día se tomará un orfidal para descansar mejor, sin contarle demasiados detalles a su mujer para no preocuparla. Me pregunto cuántas semanas podrá llevar sin «escaparse» un martes cualquiera para ver un entrenamiento de basket de su hijo. Me pregunto si estará preocupado, tras el reconocimiento médico, la visita al cardiólogo que le han programado. Me pregunto cuándo fue la última vez que sonrió, si su rictus alguna vez ha tenido otra expresión que no sea mirar dossieres o contestar correos.
En la fila de delante hay una mujer bastante más mayor. Mira por la ventana absorta en el paisaje, intentando fijar la atención en algún árbol que pasa a 310 km/h. Me pregunto si vendrá de visitar a sus nietos, si piensa que no le basta con verlos una vez al mes o cuando llama la nuera que se ha quedado sin cuidadora y no tiene con quién dejarlos. Me pregunto si, en su viudedad, encuentra muy pocos motivos para seguir adelante más allá de sus nietos, su chiguagua «Cuca», sus clases de Pilates y ese par de amigas con las que toma café los martes. Me pregunto, si ese gran amor desde los 16 años era realmente un ser de dos personas embridadas, que no pueden latir cada una por separado.
Cambio la mirada hacia la ventana, me pregunto también en el número de personas que se han quedado sin empleo durante esta media hora. Me pregunto la perspectiva con la que afrontarán la situación, cuánto de fuerte se cimbreará su autoestima, cuánto de optimismo quedará en sus venas, cuánto de tiempo quedará hasta que termine esta dichosa crisis. Me pregunto ¿hasta cuándo?, ¿alguien ha visto los «brotes verdes»?…
Me quedo pensativo, con la mente lo más en blanco posible….quiero dormir. Me interrumpe una voz…..
-¿Auriculares?.
-Por favor, no quiero más preguntas por hoy.
21-I-2011
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