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Otra vez has vuelto. Te tenía casi olvidado, perdido en la memoria.
Pero no, no hay duda, eres tú. Siempre apareces por la mañana al levantarme, ese pequeño cosquilleo en el vientre, la inapetencia para desayunar y sobre todo, borrando algunos de los puntales en los que motivarse cada día. Apareces revolucionando el motor, como si elevaras el ralentí natural o establecido.

Es curioso, ¿sabes?, consigues congelarme la sonrisa, la mueca, los ojos brillantes; eres capaz de hacerlo en un instante, casi sin avisar. Te instalas en las meninges y sacas tu discurso: «que si la crisis finalmente te llegará», «que si dentro de dos años estaremos mucho peor», «que si te ves toda tu vida así»…Me vas metiendo en un callejón, sabes que no soy una mente básica y entro en él como un novillo en chiqueros.

Pienso que en lugar de un duende, eres algo químico, molecular que desencadena la reacción. Sólo puede doblegarte la fe en mí mismo. Siendo yo ateo, resulta que debo tener religión…

Has estado aquí otras veces, pero no sé cuál es el momento en el que te vas. Lo haces de manera silenciosa, como si no pusieras medios para combatirme; una retirada de puntillas, como si hubieras perdido la batalla…Nunca conozco el secreto de tu derrota, o mejor dicho, de tu huida.

Cada vez me conozco más, pero recurro en mi historia a tu presencia. La observo en épocas de exámenes en la universidad, en los comienzos de mi experiencia profesional; doblegado sin creer en uno, siendo más ateo que nunca.

Ya me he quedado con tu cara, al menos. Antes no sabía quién eras.

Parece que el nucleo se desintegra, pero no del todo…refrigeramos Fukushima, controlamos el riesgo…la radiactividad permanece.

24-III-2011

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