Oculta tras los cristales, en el mar templado donde naufragan los barcos sin olas ni tormetas. Fosa lúgubre, pestilente y obtusa. Fangos en ciénagas de gérmenes huidos de vacunas. Orgullo herido, con tiritas y betadine. Gritos que se retuercen en esquinas de suciedad, sumergidas bajo felpudos en la antesala.
Carne viva, convertida en membrillo con sacarina. Especias que aliñan el desaliento, el vaho flotando bajo la humedad del mañana. Rabia tras la estela de la razón olvidada en los desvanes. Escaleras sin barandillas con ascensores averiados.
Órbitas en ojos, emborrachadas de colirios tras las lentes. Luces y velas que iluminan la penumbra de los cautivos, prisioneros del músculo desgarrado. Fianzas de penitencia, a cuenta del próximo pecado.
Cenizas que vuelven a su madera, bajo las raices del reino destronado. Príncipes e infantes olvidandos los cuentos, asesinando a sus princesas en blanco y negro, cuando los niños aplauden tras las lágrimas…
…y aquí, al final de la voz, el eco es la sombra del nuevo grito; y el espejo se me vuelve a quedar mirando.
21-XI-2011
.
Deja un comentario