Ocho cuerdas en mi ventana, testigos de sueños y pesadillas, obsesiones y trivialidades. Normalmente encantadas de su función, sucumbiendo al peso de la ropa húmeda y arrugada, pellizcadas con pinzas multicolores. A veces, testigos también de sus suicidios, cuando resbalan y caen al vacío; en ese vuelo lento, insonoro e impertinente, como los trapecistas al caer sin red.

Esta noche, sólo me tienen a mí como su peor testigo; acumulan las mil vidas que serpentean por el laberinto de neuronas y sinapsis. Les gustaría chirriar por sus ruletas oxidadas, descuidadas y abandonadas. No les queda otra alternativa que mi mirada en la penumbra, oculta en párpados somñolientos y estremecidos; preparadas para los consejos del silencio.
Se cierra la ventana y, tras los cristales, esperarán pacientes….otra nueva confesión.
11-XII-2011
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