«Tenemos que hablar», eran tres palabras a las que se estaban acostumbrando. Era como acudir al juzgado de lo contencioso, solo que en su caso las togas eran pijamas del primark. Ella siempre con un menta-poleo, él leche con miel. Cierto día transformaron la frase, y todo pareció cambiar. Tan simple y tan complejo a la vez…como «tenemos que escuchar».
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Él dejaba su reloj en la mesilla junto a la lámpara. Ella sobre la guía turística de Madrid. Siempre en la 214, sin abrir nunca las cortinas. En la puerta giratoria, los tributos eran sueños para volver a desabrochar los relojes de pulsera.
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Nunca me dijiste que me echabas de menos. Sí me dijiste que nunca lo sentíste. Prefería tu silencio de mentira y la larga sombra de la duda.
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Siempre que se despedía de ella, su fría nariz acariciaba su mejilla. Cuando todo terminó, el frío siempre le recordaba a él.
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Tocaba decirle adiós. El contador de discusiones llegó al minuto mil y sonó la alarma. Los últimos sesenta y cuatro se emplearon en poner en tela de juicio una vieja amistad de la infancia recuperada con cariño. Aunque nunca antes lo hizo, puso la alarma en el mil cien y le besó.
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