Se consideraba un patán, de esos que siempre rompen un vaso mientras friegan. Cayó en la cuenta también, que rompía relaciones cada vez que se enamoraba por otoño. Era muy de otoños. Todo romper. Solía partir los pomos de las puertas al ir a casa de amigos o fastidiar para la eternidad el encendedor de la caldera. Se construía a partir de lo que destruía…Afortunadamente y sin poder evitarlo….. se partía también de la risa mucho más de lo habitual.
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Desde justo ese día comenzó a hacerse mayor, se preocupó de elegir a sus enemigos.
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Como cada semana, se lo entregó a la carnicera y preguntó cuánto pesaba. Envuelto en papel transparente parecía poca cosa. Dos kilos doscientos esta vez, bastante menos que la vez anterior. Incrédulo, preguntó el porqué.
La respuesta fue directa, no había amado conforme al reglamento, olvidó el humor, hacerla reir, acariciarla con ternura y no de manera mecánica sin cortarse las uñas. Olvidó durante dos días el beso de buenas noches e innumerables palmaditas en el culo al cruzarse por el pasillo.
No entendía cómo eso suponía perder trescientos gramos y tener confiscado su corazón durante dos semanas. Replicó que por qué no se consideraban otros gestos como muestras de amor: sacarle el perro durante cinco días consecutivos de lluvia, acertar con su regalo de cumpleaños sin ayuda de nadie o llevar su coche a la itv suponían únicamente cien gramos; insuficientes para compensar la pérdida.
Era inútil, no podía hacer nada. Al marchar dio media vuelta y le contestó a la dependienta: «descuide señora, no se volverá a repetir. La próxima vez, quedará empanado y relleno de frutos secos.
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