Acudió a la cita convocada por su secretaria. Se sentó frente a frente y escuchó uno por uno todos los ofrecimientos.
Todos la temían, todos le decían lo que quería escuchar, todos le mostraban lo que quería ver, todos asentían su discurso como salmos tras el púlpito.
Tenía miedo, como los cautivos al estrenar la condicional. Pero descubrió que cuando la libertad depende de uno mismo, la esclavitud no depende de los demás.
Antes de salir de su despachó exclamó: dubidú, no quiero ser como tú.
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Desde el callejón ataviado con una gabardina miró por el espejo retrovisor. Ondulaba sus caderas como las mecedoras de mimbre, lentas y rítmicas.
Ni siquiera encendió el motor, quedó inerte frente al espejo esos largos cincuenta y pocos segundos hasta que dobló la esquina. Arrancó el vehículo y cerró los ojos. Conocía perfectamente el recorrido de tanto repetirlo, salir del callejón, girar a la derecha, continuar durante sesenta metros y girar de nuevo a la derecha.
Con los ojos aún cerrados, aceleró a fondo y firmemente apretó el volante. Ella permaneció esbelta en el paso de cebra con los tacones en la mano, las gafas de sol puestas y un cigarro encendido.
Veinte segundos más…el embarcadero y el mar.
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Entró en la consulta con cara de pocos amigos tras leer el resultado de la analítica. Ya no había lugar a dudas y el pronóstico se cumplió.
La doctora le miró y se lo confirmó antes de que se sentara frente a ella: «tiene usted hiperfeniletilaminol».
Su organismo segregaba ingentes cantidades de ese neurotransmisor y no disponía de suficientes encimas mao-b para metabolizarlas.
La jodida sustancia del enamoramiento presente en su cerebro le hacía desfilar de una a otra, de otra a una…clavos sacando a otros clavos arrancando espiches con restos de argamasa. Una puta locura con 47 años de edad…su mente no podía más con tanto amor.
Miraba a la doctora suplicando un tratamiento que al menos le dejara únicamente con un clavo ardiendo.
Ella le propuso una terapia, todavía experimental, de choque consistente en redireccionar el efecto más allá de las mujeres. Algo novedoso, pero su impaciencia no se lo permitía ni como placebo.
Él insistía en su lamento: «Doctora, vivir así…», interrumpió ella al instante «ya lo sé Camilo, es morir de amor..y hasta tendrás el alma herida.».
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