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Aquella noche en la azotea estaba lloviendo. Desde que se mudó durante el pasado mes de mayo, no recordaba un día tan perro. Evidentemente, Sevilla es Sevilla y precisamente se olvida de las nubes grises durante bastantes semanas, si no meses.


El aguacero le había trastocado los planes. Nunca imaginaría que una azotea pudiera haberle enganchado tanto. Todo empezó días después de llevar todos los muebles y encontrarse medio instalado. Localizó la llave de la estrecha puerta que daba hacia la última escalera y, sin pensárselo, escapó del calor del apartamento para tomar algo de aire.



Cuando llegó le sorprendió lo angosto del espacio, y la extraña disposición de una pequeña escalera que daba a una especie de mirador. Entre los cordeles de tender la ropa y un medio trastero encajonado, una tumbona plegable hacía hueco para disfrute de los vecinos de la finca. Le llamó también la atención, al mirar alrededor, la cantidad de azoteas que divisaba y los personajes que la habitaban.



Conforme pasaban las semanas frecuentaba con mayor regularidad ese espacio, incluso se permitía alguna charla con sus «vecinos de azotea». Orientado al norte, a unas tres fincas de distancia, habitaba Nicolás. Trabajaba en la filarmónica de Sevilla, ojos azules, coleta entrecana y más vena que una caja de huevas. Le gustaba la charla, gesticular con frenesí y con frecuencia acudían a pases de fuera de temporada junto con sus colegas músicos.



Orientado al este, en la finca más cercana aunque cruzando la calle, solía asomarse Aurora. Al caer la tarde, durante los meses de verano, sus pechos tierra-aire robaban los últimos rayos de sol mientras una jarrita de cerveza hacía de inseparable compañera. Cuando charlaban ella no reparaba en ponerse la camiseta, lo que le obligaba, para mantener la concentración, a visualizar la imagen de Teresa de Calcuta. Era la única opción que le quedaba para conservar el hilo de una conversación interesante.



Al Sur, y dos fincas más allá, vivía Martin. Alemán destinado en Andalucía, se calzaba cada día que coincidía con él, una botella de cune como el que devora gusanitos. Hablaba perfectamente español y sus novietas tenían una especial habilidad para propagar gemidos amatorios de altos decibelios en las largas noches de verano. Junto con el cune, se entendía perfectamente esa sonrisa de dientes de conejo del bávaro.



Ese día llovía a raudales y el quedarse sin azotea era algo que, sin saber por qué, le sobrepasaba. No disfrutar de su «vecindad paralela» le dejaba con el cuerpo algo extraño. Cogió el paraguas y subió. Al mirar a su alrededor contempló sonriente a aquellos personajes con la misma mueca que él bajo el paraguas….confluyendo en el mismo momento…en el mismo lugar…preservando ese universo propio más allá de las calles.


15-I-2014

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