Existía un personaje que solía pedir dinero prestado a sus paisanos. Era, por supuesto, uno de los temas comentados en todos los corrillos. Los damnificados detallaban las cantidades entregadas o su distinta suerte a la hora de recuperar el botín perdido (normalmente mala). Otros, los menos, se negaban a sus demandas una y otra vez, con esa incomodidad en la conciencia del que niega la limosna a quien lo solicita. A veces somos así.
Un buen día le llegó el turno a Ulises. Llegó su día. Por la tarde, tomando café, le pregunté:
-¿Te ví esta mañana que te paró el “bandolero”?.
-Sí, pero tuve mucha suerte!.
-¿Por qué?¿no te pidió dinero?.
-Al contrario, me pidió y se lo dí.
-Pero no entiendo, ¿te pidió dinero, se lo diste y estás contento?. ¡Deberías haberte negado!
-Cuando me lo encontré me eché a temblar, pero al decirme que necesitaba mil pesetas, me faltó tiempo para ponerlas en su mano.
-Sigo sin entenderte…
-Es muy sencillo. A muchos amigos y familiares les ha sableado de manera considerable y andan tras él día tras día reclamando las deudas, con lo que implica. Es un conflicto interminable. Otros, los menos, se niegan a claudicar, a ceder ni un real, pero se encuentran también día tras día siendo atracado por el “bandolero” al estar permanentemente en su lista negra.
-No veo tu suerte la verdad, no vas a recuperar tu dinero.
-Ni lo espero. He tenido la suerte de que él necesitaba para comer o cenar esas mil pesetas. Si me hubiera pedido más, estaría jodido y si no le hubiera dado lo que me pedía, también lo estaría porque en cualquier otro momento me volvería a intentar sangrar. He invertido sólo mil pesetas y espero mantener esa deuda. Si me la devuelve, tendría que empezar de nuevo de cero.
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