Me ha venido de repente, la pérdida de la costumbre de mirar a través de una ventana. Lo estamos perdiendo. Me remonto sólo a veinte años atrás, a la era pretecnológica. Aquellos viajes en tren o en autobús haciendo el recorrido Sevilla-Cádiz o Cádiz-Sevilla, donde a través de una ventana mi pequeño mundo podía moverse.
Podías conversar con tu acompañante durante el trayecto, podías dormir y sobre todo, mirar el paisaje cinético por la ventana. Siempre he sido de ventana más que de pasillo. Podía estar absorto todo el trayecto, viendo en cada maleza, pedanía, canal de regadío un giro a un pensamiento, a un miedo, a una ilusión. Podía construirme una civilización o una vida por-venir con solo dejarme llevar. Era tan lento que podía saborearlo.
Hoy en cambio ese autobús o tren es otro escenario. Terrícolas absortos en smartphones, aislados en cápsulas presurizadas, inyectados de conversaciones y visualizaciones de influencers a miles de kilómetros. A medio giro de su cuello un paisaje de regadío, un rebaño de vuelta tras su pastor, existe invisible siendo una galaxia lejana estando tan cerca. Ya ni siquiera se venden mostachones de Utrera…
Podría recordar algunos trayectos, algunas conversaciones…. como aquella abuela preocupada por el futuro de su nieta, solicitándome consejo y orientación como si uno fuera magistrado del Supremo, pero sabiendo que al despedirnos con dos besos al llegar a destino se sentía algo más aliviada al escuchar otra voz desde fuera. O también aquella chica preciosa de Albacete, que acudía a los carnavales y de la que me arrepentí de no pedirle el teléfono por esa timidez veinteañera.
Ahora los retuits, los followers, los youtubers nos destrozan en cierta manera aquellas otras historias…
Ahora, cuando una chica guapa se sienta a mi lado, a veces le pregunto si es de Albacete.
25-II-2017
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