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Juan se despertó en plena noche para ir al servicio. Con otra edad hubiera sido un problema, pero esa noche de Reyes podía estar tranquilo porque desde Oriente tenía claro que no iba a venir nadie.

El verano anterior se lo confirmaron sus padres tras finalizar el curso, desafiando a medio patio en el recreo sobre la existencia de los Reyes.

Al salir del baño, y de camino a la cocina, vió en el salón algo sospechoso. Se acercó y pilló a tres ancianos con capa y corona llevando paquetes y reemplazándolos por otros.

Juan, sin dar crédito y medio asustado preguntó que qué hacían ahí, que los Reyes eran los padres y que salieran inmediatamente de ahí.

Tras un breve silencio, Melchor se decidió a contestar:

-Efectivamente Juan, son los padres los que se encargan de los regalos, pero estamos aquí para arreglar desaguisados.
-Cómo?.
-Sí, te explico…tú dejaste la carta bien escrita, pero tus padres pasan del rollo carta o amigo-invisible con tus tíos, por ejemplo.
-Es cierto, quieren que sea sorpresa.
-Ahí vamos!, a tu padre le regalan una waterman, cuando está todo el día con la tablet. Y a tu madre le regalan una depiladora, cuando le flipa ir al wellness con sus masajitos y vinoterapia.
-Y qué vais a hacer?.
-Pues cambiarlos!. En vez de regalo-sorpresa parece que tus padres juegan al «hijoputa invisible» para fastidiarse el día 6….Por cierto, de ésto no digas ni mú!.

A la mañana siguiente vió las caras de sus papis abriendo los regalos…silenciaron el evidente cambalache y, tras esos gestos, se intuía una renovada creencia en algo mágico. Recuperaron las caras de inocencia, pero de verdad.

Los siguientes años se continuaron «cambiando» corbatas, colonias de Alvarez Gómez, Varón Dandy y hasta planchas vapor-ultra…

Juan, cuando se hizo más mayor, heredó el mal gusto para la elección de regalos…o quizá, el sabor de una perenne e incurable inocencia.

5/1/2020

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