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Días donde se para en la fonda, días donde no.
El camino día tras día distrae, mezcla la nubes con el sol. Hay viento, el aire entra sin contemplaciones, hasta la tos remueve alvéolos. Las articulaciones lubricadas, músculos que fluyen. Pasar frío o calor, estímulos reconfortantes, cuerpo en gracia. Afloran recuerdos desde un observador del paisaje, sobrevuelan vienen y van, se huele el perfume, se masca agridulce y bien digerido.
Llegan otros días, los de fonda. Esos que se frena el pulso, sentidos sin estímulos. Pensamientos anclados en un tobogán, sensaciones que calan hasta los huesos, fotogramas de aromas, sabores y recuerdos, estáticos, recurrentes, nostálgicos con la gravedad de Jupiter. Desgarro como una cremallera que abre el esternón, estruendo de un latido que reverbera por costillas, por vísceras en contracción, transfusiones infinitas, suturas kilométricas.
Memoria que no es borrada por sus reinicios, ni alimentada por la cotidianidad. Parece un ayuno sobrecalórico, un pespunte que se fija en la ropa. El tiempo pasa a la contra y sumando latidos, el espacio es un infinito a milímetros de las aurículas.
Me miro en el espejo, recién duchado, se impregna el vaho, la mano limpia un espacio ínfimo por segundos, pero vuelve el vaho. Calor que desprendo. Sólo abrir ventanas, sufrir corrientes de huracanes y el retrato de Dorian Gray, el vaho que lucha …hasta la siguiente ducha.


11-IV-2025

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