Después de un «good night», encuentro un cigarro olvidado en un cajón de mi mesilla. Al lado, un mechero sin saber si aún es capaz de despertar. Noche de perros, de humedad que cala por las mitocondrias de todo un ser. Un ritual olvidado, abrir la ventana y mirada al infinito y soñarte. Me voy a un once de agosto, contigo. La puesta de sol ya pasada hace nada y venus aparece. Los dos, desnudos, arena y marea baja. Poniente de despedida y una calma que presagia levante, levante en calma, calma a dos. Las comisuras mezclan nicotina, salitre, sudor y restos de espuma de la penúltima lata aún fría. De pie y de la mano, adentrados en un mar como en una tercera fase que nos abduce a una nave Atlántica. Despacio, sin sontear olas de mares en tegua. Recibidos en sus brazos. Nadar levemente, suspendidos en una ingrávida placidez insultante. Flotar y tocarnos sólo con el meñique, boca abajo en una apnea que alimenta los pulsos, síncronos, rítmicos, resonantes. Un verano que se aferra en no llegar al equinocio. Una flota de dos barcos varados que comparten anclas…pero con los mejores tripulantes. Y no querer despertar…
21-I-2025
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