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Lo que pudo ser y no fue. A menudo en el pasado queda alguna historia, algún amor platónico (o no), que tuvo que haberse producido y no fue. Algún cambio de ciudad repentino, traslado de instituto, o simplemente salir con ese otro chico. Ese que sigue siendo el amor de su vida, su historia bonita de cine, Ginger Rogers y Fred Astaire.
Enamorado encallado en un limbo de quimeras, una condición sin recompensa, desear contra un muro, un corazón que sana con tempo lento, eterno…en olvido camuflado. Todo se trunca, se estremecen todas esas proyecciones de vidas, palmarias, de cine… Similar como esos ríos que al poco de salir del manantial, cambian de vertiente y oradan otros territorios, otras desembocaduras, otros mares, otros valles.
No solo desaparece una forma del ser, física o emocional, sino toda una vida futura, una forma de estar completa, imaginada. Un universo entero en la ciencia ficción. Esos ríos permanecen en la cartografía del explorador, dibujado y no surcado, soñado y no vivido. A veces exploramos el río que nos navega, nuestro río de la vida, avanzando, oteando el horizonte, pero mirando de reojo ese otro afluente de otro mapa, ese paralelismo idealizado en la realidad de un sueño, idealismo fluvial.
En mi pulsión, en mi caverna más profunda, en un derroche preventivo, quiere verse en tu río surcado, explorando las penúltimas orillas, los manjares más escasos y sabrosos. Tras un viaje amazónico, se bifurcan los afluentes, más cerca de estuarios, de desembocaduras donde se huelen las corrientes de un océano en sal.

Que no seamos, un sueño en el mapa, no formar parte de esa otra planimetría inventada, especulada, tatuada de arrepentida, sino la corriente que aún circula en remolinos y calmas, en las proximidades de un horizonte infinito. En poder ser y ser. Acabarnos la función con la salitre, la mar y los ardientes crepúsculos.


29-III-2025

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