Atroz, espina en el paladar, permanente pinchazo, concentrado en un punto, agudo, persistente, luego se desvanece entre los sabores del tikka massala. Se condimentan los alimentos, enmascar esa punta perfilada e incisiva en la encía descarnada. Lengua que horada los recovecos que no consigue extraer cartílagos. Migas de pan inútiles transitan al esófago sin cumplir su misión.
Esa huella que permanece y no cicatriza en ese hábitat húmedo, de una boca de morriña, de emigrantes sin retorno. Sigues ahí, presente en cada onda y movimiento síncrono, recurrente. Besos que fueron contados, en su día indefinidos. La ilusión de tener cerca el siguiente. Ahora la cuenta se perdió. Pudieron ser diecisiete, treinta y cuatro o deformar los tiempos…cincuenta y uno. Querer filmar el último como una despedida bella, como aquellos jugadores que se retiran de su oficio con el sabor de la última canasta, del ultimo balón firmado, tatuado para el antes y el después.
A veces ese momento finito, ese punto de no retorno, actúa de catarsis, de momento en que las naves van al Nuevo Mundo y el pasado se reconfigura. A veces ese momento es difuso, se va diluyendo grano a grano, imperceptible, un presente interminable donde el pasado es una distancia hacia atrás que no se sabe cuál es. No hay un día, hay una dilución.
Viuda de marineros desaparecidos. Esposa que transita hacia la vida sin consorte por imperativo del tiempo, por derrota de la esperanza. Sin velar un cuerpo se discurre por lo onírico pero con un almanaque presente. Recreaciones de retorno milagrosos de entre los mares o cuerpos flotando que te otorguen y concedan la despedida.
Quizá haya que refugiarse en los cuentos, en las leyendas del hombre-pez de Liérganes desaparecido y aparecido a milquientos kilómetros de distancia, de entre las olas, atrapado en redes de pescadores…buscando el siguiente beso.
17-V-2025
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