13-X-2011
Hoy, 13 de octubre, he tenido una de las sesiones más demoledoras de mi vida. Me he sentido como un bebé. Desprotegido, a merced. Llegué a pensar que en realidad lo era, que no era un momento en el tiempo de mi historia, un mal momento, cuarenta años mal cumplidos.
Afortunadamente, me han demostrado que no. Con datos, con ilusiones, con cosas cotidianas que hago y que me impiden ser eso; ser un simple bebé.
Decido a escribirme. Estoy cansado de pensarme, de ir a los mismos callejones sin salida, a esos bucles infinitos. Mi cuerpo acompaña a mi mente, se alerta y me asusta con nudos en la garganta, con ecos de tripas. Además es perseverante; cada mañana, puntual, me despierta. Por la noche lo esquivo y me disimula.
En estos momentos, no aguanto lo que elucubro, sin perspectivas, todo plano y obtuso. Las ideas entran en el mismo embudo y retornan al punto de encuentro. Espero que escribir me permita atrapar lo que las neuronas no quieren.
Estaba comentado que era una de las sesiones más demoledoras, efectivamente lo era. Quizá tengamos que llegar a canales abisales para poder ver la luz, hoy estaba cerca de la fosa de las Marianas. Han tenido que demostrarme todo lo que soy, el verdadero yo, el auténtico. Que te recuerden que eres padre, hijo, hermano, amigo, amante, pareja, que disfrutas lo que te rodea, que trasmites cariño, amor, que te dejas querer, que existen infinitas cosas que te emocionan y que hacen que la vida te merezca la pena. ¡Increible que uno mismo deba escucharlo en lugar de pregonarlo por mi propia boca!.
No continuar con mi chica ha sido más determinante de lo que me imaginaba. No pensaba que fuera a calar tan profundo mi corazón. Bajé demasiado la guardia, me entregué dando las cosas demasiados por hechas (es verdad que no desde el principio). Las cosas nunca están hechas, siempre se están haciendo, siempre.
Cuando comencé con ella me encontraba bien conmigo mismo. Estaba cómodo con mi traje y no me sentía condicionado para reiniciar la senda de compartir. Me encontraba limpio. En cambio ahora, en la pérdida, me siento dependiente. Eso no me reconforta, me deja vulnerable. Hace plantearme como enfocar la próxima relación que tenga, que comience limpia pero, si termina, que termine también limpia (o lo más posible). También es cierto que coincide con un estado de ansiedad añadido, un cóctel explosivo.
offtopics: acostando a mi hija ha cogido un libro de la proporción aúrea y acabo de enseñarle cómo hacer raíces cuadradas….tremenda la sensación de ver su cara descubriendo algo nuevo.
La pérdida de una amor no debiera ser tan traumática, deberíamos decir, ¡qué suerte haber podido cruzarme con esa persona y compartir tanta felicidad!. Pero no pensamos eso, pensamos en contratos indefinidos en lugar de por obra. Los indefinidos lo pasan peor cuando pierden un trabajo. Los de obra, disfrutan de la obra. En definitiva que pensamos lo que podíamos haber seguido viviendo. Si somos tan felices, ¿por qué se acaba ya?. Pues porque a veces, las cosas dependen de uno y otras veces no. El amor puede terminarse, puede reciclarse, puede volver o puede transformarse en otro tipo de amor. Mi visión más constante o firme del amor, más evolutiva, me lleva a comprender menos que se acaba.
Yo también he dejado relaciones, confieso que sólo una, y fue firme y clara. Por una vez estuve del otro lado, seguro y clarividente.
Trato de recordar momentos en mi vida en los que me he sentido fuerte. Uno de ellos fue mi experiencia en el hospital, ingresado por un ictus. Estaba entero, diría yo desafiante. Pensaba que la muerte me podría llevar cuando quisiera, por tanto no le volvía la cara. Quería seguir viviendo. Cuando me dieron el alta le dije a la doctora, que aunque me lo prohibiera cogería la bici. Iba a hacer el Camino de Santiago. Aún no sabía si podía tener un principio de esclerosis múltiple, pero me daba igual.
También me sentí fuerte cuando murió mi abuelo Manolo. Una de las personas que más he querido. Estudiaba en su casa cuando estaba en la facultad. Allí encontraba la tranquilidad. Preparaba la merienda y charlábamos casi una hora diaria, contándome sus historias de la infancia en Tánger. Cuando estaba a punto de morir, estábamos embarazados de Celia y teníamos que pasar por la amniocentesis por existir riesgo de Síndrome de Down. En ese momento, amparé a mi mujer, pero con la tranquilidad de haber vivido a mi abuelo todo lo que pude y recordaba las tardes de merienda y de historias que tuve la suerte de vivir más que nadie.
Sé que es posible estar fuerte en momentos complicados, no sé por qué ahora se me olvida….
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