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Hace unos años leí un artículo de Pérez-Reverte sobre la acogida de niños saharauis durante el periodo veraniego. Muchas familias acogían a cientos de niños durante dos meses, los mimaban, los llevaban al médico, disfrutaban de la playa, de actividades, visitas a parques acuáticos, desayunos, comidas y cenas…y se les proporcionaba cariño también. Quedaban sorprendidos cuando giraban una pieza metálica y salía de otra, agua caliente y limpia; o un botón encendía multitud de imágenes provenientes de rayos catódicos, abriendo una ventana del mundo.

Cuando finalizaba el verano, esas familias despedían con pena a ese pequeñajo, con algunos kilos de más y olor a limpio, que había entrado en sus vidas y con la esperanza de verlos el próximo verano.

Después Ahmed llegaba al principio o al fin de su sueño, no se sabe. Los diez meses restantes en un campamento saharaui, sin luz eléctrica, desierto, animales y agua de pozo….pero también su familia y su origen de todo. Me imagino que Ahmed se preguntaría por qué había nacido 2.000 kms más al sur, y quién lo había decidido por él.

Pasaron muchos meses de julio y agosto, conviviendo con su «otra familia», regresando con olor a limpio en septiembre….hasta que hubo un año que no pudo volver más. Salió del programa de acogida vacacional al cumplir la edad estipulada.

Ahora continúa viviendo donde nació, pero todos los días se pregunta si mereció la pena conocer lo que, quizá, nunca podría vivir. Maslow nos explicó dónde nos ponemos el listón por etapas, como saltadores de altura, de nuestra felicidad o ilusión. No nos dijo qué hacer con los caramelos en la boca.

15-I-2012

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