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Cada día iba perdiendo uno. Al principio no lo notó. Pero una mañana, al terminar de ducharse y ponerse el reloj, se dio cuenta.
En cualquier otra persona no tendría importancia, pero en ella tenía un significado más profundo…
Una promesa y doscientas veintisiete razones verdaderas por las que se sentía amada. Recordaba perfectamente aquel día en la playa y cómo realizaron aquel inventario en el que sellaron su amor por encima de nuevos testamentos y registros civiles.
Como pudo, hizo un recuento rápido…quedaban ciento veintiocho lunares….

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El cristal de la ventana se encontraba empañado, casi mejor. Nunca le gustó ver el mundo con excesiva nitidez, coartaba su imaginación y le hacía bajar la guardia.
Como otras tantas veces, no supo muy bien qué hacer. No era la primera vez, pero decidió que sería la última.
Llamó a la puerta….él ya no vivía allí.

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Como todos los miércoles, salió a correr al parque del barrio. Ese día tuvo suerte, coincidió con esa chica morena de flequillo y coleta que tanto le llamaba la atención.

Cambió el sentido del recorrido circular que solía hacer. Cruzarse con ella cada vuelta sólo le permitía intercambiar alguna mirada, aunque no siempre. Con un poco de suerte podría correr a su lado y charlar, por fin.

Sucedió en la vuelta siete, casi terminando, pero aún quedaba el estiramiento.

Pensó en lo difícil de iniciar una conversación a seis minutos el kilómetro…»vienes mucho por aquí?», «cuánto tiempo estiras?»..eran preguntas condenadas al fracaso. Sin saber cómo, el estiramiento duró veinte minutos, mientras la conversación transcurrió entre el humor más absurdo, los métodos de entrenamientos y la influencia de las endorfinas en la concentración.

Se despidieron con cita previa. Al llegar a casa el pulsómetro indicaba doscientas pulsaciones de media, dos mil calorías consumidas y treinta y dos kilómetros recorridos…

Quizá estaba yendo demasiado deprisa…

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