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El tiempo es ese concepto que, entre sus múltiples versiones, puede considerarse una herramienta para el poder. No el tiempo en sí, sino la falta del mismo.

Hoy en día las estructuras de poder rígidas y verticales, necesitan que haya falta de tiempo y sobreactividad. La necesitan desde su punto de vista, cortoplacista, hiperventilado, ejecutivo…muchas decisiones, rápidas, «eficientes»…que existan kapeís que lo midan.

¿Cómo se toman muchas decisiones? Desde el no grupo y la falta de pertenencia. A costa de no hacer partícipes a los equipos del rumbo del barco, de no contribuir, de no hacerlos formar parte, de no trascender (no es la reencarnación sino formar parte de decidir sobre algo duradero), justificamos que no hay tiempo para hacerlo de otra forma.

Va desapareciendo este lingote de tiempo. Eso implica opinar, disentir, contrastar, incomodar -para alimentar el crisol y fundir los colores de los vidrios- dar diferentes perspectivas y sobre todo DUDAR. Invertir tiempo, crear colectividad, propósito común, difumina la soledad y el devenir y se da lustre a la sabiduría del grupo.

Lujo que nadie se permite, porque es….de «vulnerables», «no tener las cosas CLARAS» » no ser ejecutivo».

La falta de tiempo reprioriza al poder piramidal y por supuesto pasa a último lugar el proceso de aporte de ideas, de toma de decisiones…..y de motivación. No hay nada más motivante que el sentimiento de utilidad, de brindarse al grupo por el bien del mismo, de que el silencio no gane a las ideas.

Se puede pensar que ciertos hechos no suceden por la falta de tiempo, pero «la falta de tiempo» se provoca y condiciona a todo un constructo. ¿Resultado? Silencio, sensación de falta de implicación, desconexión. En estos marcos, el poder -desde su irrealidad-habla de poco compromiso, obsolescencia del equipo, etc. La realidad es una organización muerta, como la aristocracia previamente a la toma de La Bastilla.

16-V-2026

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